Por delantales y actualidades de hoy y del mañana

En España, desde “la invasión” del turismo allá por los años sesenta y la estabilización económica que desbordó de alegría las fiestas populares en la costa y en el interior; en España, decía, todos los “españolitos” del rey abajo, nos hemos puesto el delantal y hemos atendido como camareros en más de una ocasión.

Ya en una fiesta local; bien en la peña de amigos; ora para seguir una costumbre; acaso para ganar un dinero en verano y viajar después, o pagar una matrícula. Pero quizá no haya español, del rey abajo, que no haya servido en más de una ocasión para alegrar una fiesta: camarero, cocinero, telefonista, transportista, comprador, administrador… o atender una mesa benéfica.

Son tantos los oficios necesarios para atender una peña, una barra en fiestas, una reunión de amigos, una fiesta de pueblo o de barrio, que para todas las clases sociales de españolitos hay un oficio ligado al delantal.

También compartimos los españoles otra costumbre: todos, quizá, del rey abajo, y especialmente los hombres, hemos estado “cerca” de los toros bravos. Y ellas, las españolitas, han sentido el escalofrío: “o llevarás luto por mí” aunque sea, ellas, en alguna ensoñación.

En una plaza de toros, acaso; en una fiesta de hotel con capea, quizá; en una suelta de vaquillas, tal vez; en un encierro por las calles… son muchas las ocasiones en las que, prácticamente a todos los españoles, nos ha encontrado el toro, el novillo, o la vaquilla, más cerca o muy cerca.

Y esto lo compartimos -aunque no lo digamos- como la costumbre y los décimos de la lotería navideña: todos recordamos haber estado lo bastante cerca como para distinguir los pelos de la capa del astado; o ver mirar al toro con sus ojos negros; o sentir el crujir del burladero o la talanquera con la brutal embestida de la testuz; oír el mugido airado a la carrera que tira derrotes y busca cuellos con astas de un metro, de punta a punta, o recibir un revolcón, o tirar un ‘mantazo’ con un capote de ocasión… ¿Quién no ha estado cerca?

Y una más compartimos. Rafael Alberti, el poeta; Camilo José Cela, que este mes conmemora el centenario de su nacimiento; Picasso, el genio inmortal; o el poeta Antonio Machado, el de “españolito que al mundo llegas te guarde Dios…” con todos ellos los españoles compartimos el pensamiento de haber abrigado alguna vez el sueño de ser torero, banderillero o picador.

Otro sí digo. Aquellos que se oponen a la tauromaquia, y me refiero a la oposición que ha entrado en erupción -como un volcán- en el último lustro, quizá en la última década, aquellos que insultan a los matadores de toros, aquéllos, que con el ánimo como un turbión gritan rimas como “la tortura no es cultura” aquéllos, también, habrían soñado algún día como nuestros poetas, pintores… soñaron: con desafiar a la muerte de la mano del arte, siendo artistas de la tauromaquia: toreros, picadores, banderilleros… Imaginaron, acaso, romper la cadena de la pobreza armados con un capote ¡quizá! lo soñaron también, y lo contarán, sin sentirse avergonzados, al contrario: acaso con con orgullo.

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