Cuando pierdes tu propio idioma

Hablar tu idioma te identifica y te ratifica. Porque si empiezas a hablar en el idioma del enemigo, entonces estás perdido.

Cuando los guerreros se llevaron al misionero Gabriel y su óboe los guerreros firmaron su sentencia de muerte; sin percatarse, además de la suya, la de su tribu, y la de su forma de vida.

El óboe de Gabriel resultaría ser al final el intérprete de una nueva forma de ver e interpretar la realidad, los sentimientos. Si para interpretar la realidad utilizas el lenguaje de quienes quieren destruirte, estás -entonces- perdido.

Cuando los taurinos aceptan (aceptamos) el “hecho diferencial catalán” para asimilar que Cataluña de algún modo era diferente, también en materia taurina, los taurinos están olvidando que -durante muchas temporadas- Barcelona llegó a tener más toros que Madrid. Más feria taurina que Madrid. Que Barcelona pagaba mejor a los toreros que la capital mundial del toreo como gusta conocer el aficionado taurino el ruedo de Las Ventas. ¿Qué hecho diferencial?

Mujer rusa con iconos sagrados estampados en su vestido.

Seguimos con las cosas que significan, y que importan. Hay una prohibición que debe respetarse en todo momento y es ésta: al pan, pan; y al vino, vino. A cada cosa por su nombre. Y si algo está prohibido, está prohibido.

Está prohibido saltar al ruedo e interrumpir el espectáculo. Y, por tanto, quien lo haga debe recibir el castigo que la ley impone. Y si persiste en su tropelía, la ley debe aumentar el grado de severidad.

“Prohibido prohibir” es una frase heredada de mayo de 1968 que ha importado la tauromaquia y que es completamente ajena al mundo taurino. Lo que atenta contra el respeto es ajeno a los toros. Al pan, pan; y, al vino, vino; como decíamos. Prohibido saltar al ruedo; “afeitar” toros; o “destorear”.

Porque los autores en mayo del 68 del “prohibido prohibir” y sus herederos hoy, los animalistas, no se sujetan a ninguna ley ni palabra dada para respetar al otro, para respetar distintas sensibilidades a la hora de compartir nosotros, los animales racionales nuestro hábitat con los animales irracionales, con las bestias.

Aceptar su lenguaje -prohibido prohibir- es aceptar sus normas: o haces lo que ellos dicen, o eres reo de todo insulto -de momento- para ser luego merecedor de todo castigo, eso sí, administrado por ellos mismos. Se arrogan una superioridad moral que no les obliga a cumplir su palabra: prohíben lo que se les antoja. Y punto.

Troglodita y asesino para empezar. Y que como taurino mereces el mismo tratamiento que un cerdo en el matadero, es también parte de su castigo.

Aquí tienes un ejemplo muy claro de un tuitero: la vida de una persona -aunque ha cometido un ilícito- vale menos que la de un  animal.

“A esa gente solo le puedo desear la muerte”

Y esto son solo dos ejemplos de una “destaurinización” muy grave de la sociedad española. Quizá la peor pérdida posible del sentir taurino: cuando los aficionados aceptamos el idioma envenenado de los enemigos de nuestra forma de respeto a los animales. Al pan, pan; repito; y, al vino, vino; con las cosas del comer no se juega.

Lo que está prohibido, está prohibido. La minoría catalana que merece respeto es precisamente la minoría taurina; quizá después del fútbol y en competencia con el baloncesto ha sido durante muchos años el segundo o tercer espectáculo más visto y más seguido en Cataluña.

Por supuesto, más que la Ópera, con mayúsculas. Más que el teatro, y más que el cine. Cataluña no es diferente al resto de España.

Y la minoría que debe ser protegida es la que ahora sigue luchando por devolver la tauromaquia a su sitio de honor en Cataluña; y enlazar así la tauromaquia con los aficionados de Francia y con los del resto de España a través de Valencia y Aragón, y Baleares, por supuesto.

Volverán los toros a Cataluña, que nunca han ido ni dejado de estar presentes entre los aficionados. Ha sido una batalla perdida, pero no se ha perdido la afición taurina de los catalanes.

No en vano, el ejemplo más claro son las localidades que aún mantienen la tauromaquia en sus calles y en sus plazas. Y contra ellas, ni los más radicales se atreven. La corrida ha desaparecido de las plazas, pero los aficionados no han desaparecido: internet, televisión, y los viajes, la prensa, la radio, y el boca a oreja, alimentan el interés de los aficionados por la corrida.

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