Saberes de la tauromaquia popular, donde el toro mata más

Uno de los artículos que todos los taurinos deberíamos leer más de una vez es, sin duda, el del renombrado académico don Arturo Pérez Reverte: “Lo que sé sobre toros y toreros” Y no solo los taurinos, también los ‘antis’ con ínfulas o con fondo intelectual deben leerlo. Porque da aires en el mismo a los antitaurinos; y es esa parte negativa a la que me quiero referir de manera especial al final de estos párrafos.

Y pongo en tela de juicio este artículo debido a la alta consideración que profeso a todo lo que firma el Sr. Pérez Reverte; y en especial cuando salía a los medios a recibir a portagayola lo que el tuiter soltase por su millón largo de seguidores, aquellos domingos por la tarde en el “bar de Lola”.

El artículo es un admirable resumen de lo que el abuelo Pérez deja en herencia al nieto Pérez Reverte en tardes de toros; y que Pérez Reverte entrega a los lectores, como homenaje al abuelo, con prosa admirable, y en “Patente de corso” su virtuosa página semanal en fondo y forma. Y aquí podemos suponer, que esas enseñanzas, acaso, le fueron transmitidas al enseñante por su propio abuelo; y a éste último, (tal vez ¿por qué no?) por su mismo abuelo, que sería tatarabuelo del académico si no he perdido la correlación.

Si don Arturo está hacia 65 años, entonces por 1965 recibió el legado de su abuelo en las enseñanzas de la tauromaquia; abuelo que suponemos nacido por 1900 y que recibiera idéntica herencia formativa de su propio abuelo; éste habría nacido hacia 1840; quien a su vez recibiera de su propio antepasado la misma transmisión de este acerbo cultural en un traspaso de saberes filtrado a través de generaciones. 150 años, y nos detenemos ahí, de saberes, de experiencia de lo que vieron sus ojos y sintieron sus corazones, de sabiduría generacional entregada de abuelo a niño.

Otro tanto hace don Arturo Pérez Reverte ¿no es cierto? traspasa a sus próximos, en sangre (imaginamos), y en tinta, -nosotros los lectores- lo que él mismo recibió de sus antepasados. Ya son dos siglos de experiencia en toros bravos y hombres valientes.

Porque la tauromaquia -con la voz pausada del abuelo- en esencia, con palabras textuales del académico, es esto: “animales bravos y hombres valientes”. “El niño aprendió allí” -en la plaza guiado por la voz del abuelo- “cosas útiles sobre el coraje y la cobardía, sobre la dignidad del hombre que se atreve y la del animal que lucha hasta el fin”.

Y esta transmisión remite a las esencias, al misterio, que explica el abuelo con sus arrugas y su voz: “el niño aprendió a mirar. A ver cosas que de otro modo no habría visto. A valorar pronto ciertas palabras -valor, maneras, temple, dignidad, vergüenza torera, vida, muerte- como algo natural…”

Estos pensamientos han pasado de abuelos a nietos durante generaciones. Cada abuelo con su voz y sus palabras transmite los actos, las costumbres que formaron su carácter. “Maneras, dignidad, vergüenza torera…”

Pensamientos basados en ejemplos concretos, ahí delante, abajo, en el ruedo mismo; y estos actos forman un hábito, un carácter, rezuman unos valores. Y de estas fibras estamos tramados, como país taurino. Y no puede haber medias tintas ni complicidades que eludan la voz del abuelo que explica el misterio, el rito, la vida, el nervio por el que transita cada día el destino de cada uno: “Yo sólo sé de lo que sabe cualquiera que se fije” nos dice Pérez Reverte.

Pero ¡ojo! porque el autor, ilustre académico, hace una digresión y un quiebro muy discutible, que toca de lleno la tauromaquia popular. Citaré solo al paso el contenido del que discrepo, para evitar la repetición de algo que ya se habrá leído.

Y el ilustre académico ataca sin piedad las charlotadas. Digo que en estos espectáculos los enanitos toreros se juegan la piel, ¡sí! y arrancan carcajadas al público. Otro sí digo: me gustaría saber si Pérez Reverte ha preguntado a algún profesional de esto, porque seguro que aún viven.

Qué era para estos hombres menudos, obligados a vivir durante siglos en el rincón de la historia, qué significaba formar parte de una cuadrilla de toreo cómico; si trabajan o actuaban; si hacían arte; si se enfrentaban o no a un riesgo real; si los enanitos toreros recibían coces, golpes, mordiscos y cornadas o no. Hay enanos toreros que mueren en el ruedo, don Arturo.

El 8 de noviembre de este año murió el enano torero de nombre artístico “Nueva York” y Hernán Bernal de nacimiento, en la plaza de Pasca, Cundinamarca, Colombia: una vaca brava empotró su cuerpo menudo contra las tablas golpeándole repetidamente en el pecho y la cabeza hasta la muerte.

Hernán Giraldo Bernal, “Nueva York” arriesgaba su vida para enseñar a un público infantil qué hacer delante de un animal más grande que uno mismo; qué hacer cuando el miedo te agarra la boca del estómago y te paraliza… y dejó su enseñanza al público infantil -mientras se reían como niños.- ¿Qué hacer? Levantarse y ponerse otra vez frente a ese animal que causa miedo. Una y otra vez. Un día, y otro, hasta el final, porque el espectáculo debe continuar.

Las charlotadas, aunque prohibidas en España muy recientemente y sin consultar a los afectados- no eran “las carcajadas infames de un público estúpido, irrespetuoso y cobarde”. Eran las carcajadas de niños y mayores ¡abuelos! que llevaban a sus nietos a la charlotada, porque era mucho más barata que la corrida de toros, entre otras razones. Una forma como otra cualquiera de enfrentarse al miedo.

Ahora el miedo es un elemento de consumo en las noches de Jalogüín, importadas y denostadas por muchos. Ahora el miedo se dibuja en telarañas por las paredes y techos, muñecos oscuros, disfraces ridículos que son sacados cada año de una caja ad hoc. Niños ahítos de “truco o trato” y de botellón para los jóvenes.

El ilustre académico enlaza en continuidad la charlotada con denuestos hacia la tauromaquia popular:

“detesto con toda mi alma las sueltas de vaquillas, los toros embolados, de fuego, de la Vega o de donde sean, las fiestas populares donde un animal indefenso es torturado por la chusma que se ceba en él.”

Y esta mezcla de tauromaquias populares donde se derrocha osadía, temeridad, atrevimiento, y sí, a veces, en las plazas, los mozos o los quintos no son del todo respetuosos con el toro; pero esa mezcla del ilustre académico y escritor me subleva para echar mi cuarto a espadas y defender la tauromaquia popular.

Diré en primer lugar que tiene usted razón, don Arturo, el toro “nace para morir matando” y en una relación de fiestas populares que menciona “donde un animal indefenso es torturado por la chusma que se ceba con él” hagamos un alto breve, en segundo lugar, y a la vez denso.

Porque en esas fiestas populares (el toro de los quintos, el de los mozos, etc.) que se celebran en España y en muchos países taurinos, el toro tiene en su lucha más ventajas “para morir matando”.

Porque los mozos que se enfrentan a estos toros ni siquiera son maletillas. Porque se lanzan al ruedo con solo unos rudimentos para banderillear. Porque estos jóvenes apenas saben manejar una muleta, y se plantan con audacia temeraria entre los cuernos del toro. Porque acaso sin unas mínimas lecciones de la escuela de aficionado para manejar con elegancia el capote, ahí están los amigos, los quintos, la cuadrilla, frente a un bicho con muy malas intenciones: (pre) dispuesto a morir matando.

¿Por qué actúan así los jóvenes, los quintos, los mozos? ¿Todo esto para qué? Pues por honor. Por honor, por vergüenza torera; para demostrar que la quinta de este año es capaz de torear su toro mejor que la anterior y con más riesgo incluso que la quinta precedente; y que la anterior también; y así sucesivamente. Y ¡con un par! dejando el listón bien alto para que las quintas sucesorias aprendan de esos quintos torería. Esto han sido a lo largo de la historia reciente los festejos populares. Y así son.

Tributemos honor porque hacia 1900 así eran muchas corridas de toros. Y hacia 1850 y por 1800 sin ir más atrás, las corridas de toros implicaban un riesgo mayor aún: no había ambulancia, ni hospital ¡ni médico! Y los hombres acudían al ruedo igual: con un trapo, y una temeraria audacia ¡año a año! y en todas las plazas, frente a un toro fiero que ¡hería y mataba!

La inmensa mayoría de los festejos populares son mucho más de lo que el ilustre academico resume como “una chusma ebria que golpea, lancea y cobardemente ataca a un animal que no nació para eso”.

Las femorales más fáciles, los pechos de cristal más próximos, la venganza del toro se ejecuta en miles de capeas y toros sueltos para mozos ¡y mozas! a lo largo y ancho de los países taurinos. El toro mata más en esas plazas de ocasión. Las estadísticas aquí no fallan.

Y estas muertes son anónimas para la gran historia de la tauromaquia. Una línea corta, nombre, edad, y muerto tal día, en la fiesta del pueblo. Porque tuvo la audacia de ponerse delante de la cara del toro, con la capa y unos rudimentos o a correr un desencierre para burlar la negra suerte.

Los quintos, los mozos, los vecinos… que pisan la arena del ruedo para enfrentarse a un novillo bravo o a un toro de combate en cualquier calle o plaza, arriesgan más que los profesionales, enseñados éstos a lidiar al toro desde su infancia por maestros expertos que, felizmente para la gran tauromaquia, disponen de los mejores medios.

Los quintos, los mozos y mozas que con una muleta quien la tiene o una capa de ocasión torean, banderillean y se juegan la suerte suprema, -sí, entran a matar- lo hacen dando más ventaja al toro incluso que los profesionales.

El toro, insigne académico, y audaz tuitero de los domingos por la tarde en el bar de Lola, nace para combatir a muerte, y es en la tauromaquia popular donde su combate es más peligroso. Y sí, hay comportamientos deleznables. Y sí, es en estas capeas y toreo de aficionados donde mozos y mozas audaces y temerarios, confontan su orgullo, su temple, y su vergüenza torera para quien quiera mirar. Año tras año.

Es en estas anónimas plazas de toros donde el nervio de la tradición trama en hermosas palabras “valor, maneras, temple, dignidad, vergüenza torera, vida y muerte…” una cierta manera de ajustarse el nudo de la corbata, y tirar para adelante, como cada año. Como cada día.

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