La nacionalización de los sentimientos

Hay filósofos por todo el mundo, sociólogos y ensayistas del comportamiento humano que han obviado algo que desde la afición a la tauromaquia podemos llamar “la nacionalización de los sentimientos”.

Esta nacionalización o estatalización de los sentimientos se cobija bajo una espesa capa de “formas políticamente correctas”. Y se expone así: “Todos debemos sentir igual”.

Si nos centramos en dos tipos de sentimientos que como personas podemos compartir, hacia otras personas y hacia los animales, todos debemos (desde hace un par de lustros aproximadamente) y sin excepción, todos hemos de obedecer las órdenes “del gran hermano” y tener todos el mismo sentimiento.

El gran hermano ocupa la cúpula del poder y para nuestros semejantes este sentimiento que inocula no es de respeto. No se basa en un mutuo respeto: yo respeto tus sentimientos y tú respetas los míos.

El gran hermano impone qué debe sentir “todo el pueblo” cada miembro de la comunidad. De la misma manera que bajo el yugo soviético los trabajadores compartían 8 horas de taller aunque no hubiera ninguna producción efectiva y estaban obligados a sentirse co-propietarios de la fábrica. Ahora debemos sentirnos co-propietarios del planeta tierra y compartir los mismos sentimientos. El imperio soviético se sostuvo con dosis brutales de “corrección política” pues todo proletario debía ver el único canal de televisión y la única película y las únicas noticias, debían pensar y sentir igual, en definitiva..

Desde hace unos pocos años, la ‘zaboda’ del sóviet, la fábrica, es ‘el planeta’ y todo el mundo debe tener idéntico “sentir”.

Esta imposición de sentimientos se aprecia de forma evidente en el arte, y en especial, en la tauromaquia. El gran hermano que ha nacionalizado o estatalizado los sentimientos ordena cómo debemos sentir, qué película está bien, qué novela es aceptable y cuál no. Y la tauromaquia es un sentimiento, un arte a abolir, que debe prohibirse según el gran hermano.

El gran hermano impone un sentimiento, único a todos. De manera unidireccional; de arriba, abajo. Del cual no se puede nadie escabullir y se resume en un simple pareado: “la tortura no es cultura”. Todo el mundo debe “sentir” según los gustos del nuevo dictador.

La tauromaquia como sentimiento, como arte, no solo no existe, sino que es reprobable para el gran hermano y sin límites deben mostrar los partidarios del sentir único este rechazo: con lenguaje violento, o incluso con violencia física contra los aficionados al arte de la tauromaquia.

El segundo aspecto que mencionaba en esta “nacionalización” son los sentimientos de las personas hacia los animales. Ya no es un comportamiento en el que el ser humano, como ser racional, está en la cúspide de la naturaleza y como tal tiene la obligación, el deber de  vigilar y guardar cuanto la naturaleza provee: que la armonía reine y que las especies no se aniquilen unas a otras.

El gran hermano ordena a todos sus súbditos imponer a todas las personas el mismo sentir, igual sentimiento hacia los animales. Las bestias según “gran hermano” son “seres sintientes” y, por el hecho de sentir, son iguales a las personas (seres sintientes, también). Y el gran hermano quiere imponer esta igualdad declarando a los animales como ‘titulares de derechos’ (no de obligaciones, claro ¿cómo podríamos por otra parte imponer obligaciones a un animal?).

Ya se han aumentado las penas por maltrato animal, lo que parece lógico, y humano. No parece razonable, por otra parte, eximir de la eutanasia a animales enfermos -y con enfermedades contagiosas- y promover el “derecho a morir” (la llamada ‘muerte digna’) para las personas que padecen enfermedades incurables o depresiones profundas.

La vaca ‘Carmen’ se salva del matadero gracias a 70.000 firmas (La Comunidad de Madrid había condenado al animal por dar positivo en un test de tuberculosis)

El gran hermano quiere hacerse dueño de las bestias y de las personas. Y para ello nos muestra su poder, que es aterrador: mata a sus semejantes, y promueve conservar la vida de bestias con enfermedades contagiosas. El horror extremo que nos quieren imponer.las-vacas-y-la-leche

Esta nacionalización, o estatalización de los sentimientos es una perversión que procede de la misma fuente, del totalitarismo. Y la manejan personas intoxicadas por beber en exceso de esa fuente: los totalitarios. Hay gente con ansias de poder, de mandar, de ocupar el lugar y actuar como gran hermano. Hay gente capaz de promover el horror extremo que acabo de mencionar en el párrafo anterior. Y esta gente dedica las 24 horas del día, siete días a la semana, a imponer sus sentimientos como paso previo a imponer y someter a la ciudadanía a su idea.

En esta “arquitectura” del poder que “gran hermano” ha maquinado para construir su cúpula suprema, instalarse en ella y dominar a los demás, la tauromaquia es el obstáculo mayor, el más importante.

Porque la tauromaquia posee sus propios códigos, sus normas, sus costumbres, enraizado todo ello en sentimientos profundos. Como estos sentimientos no pueden ser controlados por gran hermano, entonces deben ser laminados. Y como además, son contrarios a la imposición de un mismo sentir para la raza humana que promueve gran hermano, el sentimiento, el arte de la tauromaquia debe ser erradicado.

En conclusión, si la tauromaquia resiste, estos individuos intoxicados en la fuente del poder totalitario no alcanzarán su propósito. No ocuparán el poder político por la vía de nacionalizar los sentimientos y obligarnos a todos, cual proletarios sin corazón, a sentir al compás que dicta lo políticamente correcto.vaca-con-tuberculosis

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